Las gaviotas aparecían apostadas en la orilla oteando el mar y levantado el vuelo en cuanto me aproximaba a ellas. Recordé unas frases de Paulo Coelho en las que decía que si proyectas un haz de amor desde tu pecho al del ave en cuestión esta no vuela, es más, deja que uno se acerque e incluso puede ser que te deje acariciarla, créeme, de veras que lo intenté, pero ese día debía de tener las espiritualidad en los talones, las gaviotas pasaban de mí y del cándido Coelho. Distinguiéndose de las demás vi una de ellas, enorme y blanca como la nieve que se alzó en vuelo sobre mí, describiendo círculos ascendentes, no lo puedo remediar, siempre se me viene algún recuerdo de lo que leo, esta vez le tocó al Juan Salvador Gaviota de Richard Bach.
Esta gaviota era elegante, volaba más alta que ninguna, haciendo translúcido el plumaje de sus alas al sol, le daba una luminosidad que destacaba sobre el intenso azul del cielo, estaba tan absorto en ella que no vi otra más pequeña también blanca pero con manchas oscuras que intentaba seguir su estela, pero no podía, iba por debajo emitiendo graznidos que a mi entender eran de frustración, y pensé... la primera es una hermosa gaviota tan libre que puede alzarse sobre las demás, está ahí, parece inalcanzable, pero no lo es, para llegar a ella solo debes ser libre, ese es el condicionante, así que me permití ponerle hasta un nombre: Libertad... y entonces descubrí que el otro pájaro que volaba por debajo graznando de frustración era en realidad un “gavioto”, transfigurado en animal totémico, era yo cargado de conchas y caracolas...y repensé.... de cuantas y cuantas conchas y caracolas debe de deshacerse un hombre para simplemente volar a tu altura Libertad...
